
El domingo acudí a la invitación multitudinaria que el festival del teatro "Santiago a Mil" hizo a los habitantes de esta ciudad: presenciar el acto final de la obra "Orbis Vitae" de la compañía catalana, La Fura dels Baus.
Cometí un gran error: no llevé mi cámara de fotos. Para mi es impensable el disfrute total de una obra, sin poder fotografiar aquello que me gustaría compartir con otros. Es mi vicio tomar fotos, me sale más espontáneamente que escribir: en los últimos años no he escrito ni media palabra, no consigo interesarme mucho en la escritura del blog, pero tengo el computador lleno de fotografías digitales (lo mismo que ese espacio compartido que me ha 'regalado' facebook).
Por tanto la cita con La Fura era como estar en un bar y no poder disfrutar de un buen trago de vodka. Pensé "ok, disfrutemos igual, haz lo mismo que harías si estuvieras con tu cámara, pero sé igual que todos los miles de personas que están aquí y que no tienen cámara, y que cuando van a un espectáculo, nunca tienen cámara... además, debe haber tantos fotógrafos que los sitios web repetirán una y otra vez distintas visiones de la misma imagen, y con mucho mejor resolución y calidad que tus humildes pero queridas fotografías".
Y el espectáculo comenzó. Y desde el comienzo hasta el fin no dejé de extrañar la posibilidad de congelar momentos, recoger imágenes, recolectar colores y lueces y formas, y atesorar mis propios recuerdos en esas capsulitas que creo no son más que mis propias notas de viaje, mis torpedos para que cuando las vuelva a ver, la imagen completa vuelva a mi mente y a mi vida y a mis sentidos.
Repté por entre las personas que se quedaban quietas contemplando el espectáculo, y tal como la semana anterior, cuando fotografié la primera parte de esta obra en dos actos, fui parte de los afortunados que estuvieron a un paso de todo el show: corrí con la rueda gigante; cayeron sobre mí las hojas del otoño que caían sobre el hombre alado; luego me mojé con la lluvia que un bombero tiraba sobre el protagonista de la historia... estaba al lado de él, cuando llegó la gran dama de cobre a buscarlo y lo convenció de que trepara a sus hombros... bailé con ellos mientras ella descubría ese amor loco, y sentí el sonido metálico de su cabellera al moverse con el viento... vi todo en primera fila, a pesar de que a nuestro alrededor había 70 mil personas.
Fui apretujada por las barreras humanas de contención y por la masa humana que debía ser contenida, fue casi un masaje! regalado por esa muñeca de cobre que unos hombres diminutos (a su lado) y coordinados hacían caminar y danzar y girar... mientras nosotros, los pequeños liliputienses la rodeàbamos, encantandos por este juego de correr con ella, de luchar por seguir a su lado...
Fue increíble a pesar de no tener mi cámara, pero lo habría sido más, si hubiera podido tomar esas fotos y compartirlas con todo el resto.
Fue triste descubrir que ningún fotógrafo subió las fotos que yo esperaba a los sitios web: todas las tomas son lejanas, sin el detalle... sigo buscando, y espero rescatar las pocas y de bajísima resolución que pude tomar con mi teléfono nokia de antiquísima generación.
Me di cuenta de que no sólo necesito estar y disfrutar de esta vida, sino que necesito registrarla. Quizá por eso un día decidí ser periodista. A pesar de que todavía no tengo claro de qué manera quiero plasmar estas ideas mútiples y en forma de caleidoscopio que nos regala la vida.
Por el momento tengo algunas pistas. Espero seguirlas, a pesar de que muchas veces he tenido que tomar otros caminos, que irremediablemente me traen de vuelta a este mismo, a este en que estoy, en el que ahora escribo, y del que ahora escribo.
Cometí un gran error: no llevé mi cámara de fotos. Para mi es impensable el disfrute total de una obra, sin poder fotografiar aquello que me gustaría compartir con otros. Es mi vicio tomar fotos, me sale más espontáneamente que escribir: en los últimos años no he escrito ni media palabra, no consigo interesarme mucho en la escritura del blog, pero tengo el computador lleno de fotografías digitales (lo mismo que ese espacio compartido que me ha 'regalado' facebook).
Por tanto la cita con La Fura era como estar en un bar y no poder disfrutar de un buen trago de vodka. Pensé "ok, disfrutemos igual, haz lo mismo que harías si estuvieras con tu cámara, pero sé igual que todos los miles de personas que están aquí y que no tienen cámara, y que cuando van a un espectáculo, nunca tienen cámara... además, debe haber tantos fotógrafos que los sitios web repetirán una y otra vez distintas visiones de la misma imagen, y con mucho mejor resolución y calidad que tus humildes pero queridas fotografías".
Y el espectáculo comenzó. Y desde el comienzo hasta el fin no dejé de extrañar la posibilidad de congelar momentos, recoger imágenes, recolectar colores y lueces y formas, y atesorar mis propios recuerdos en esas capsulitas que creo no son más que mis propias notas de viaje, mis torpedos para que cuando las vuelva a ver, la imagen completa vuelva a mi mente y a mi vida y a mis sentidos.
Repté por entre las personas que se quedaban quietas contemplando el espectáculo, y tal como la semana anterior, cuando fotografié la primera parte de esta obra en dos actos, fui parte de los afortunados que estuvieron a un paso de todo el show: corrí con la rueda gigante; cayeron sobre mí las hojas del otoño que caían sobre el hombre alado; luego me mojé con la lluvia que un bombero tiraba sobre el protagonista de la historia... estaba al lado de él, cuando llegó la gran dama de cobre a buscarlo y lo convenció de que trepara a sus hombros... bailé con ellos mientras ella descubría ese amor loco, y sentí el sonido metálico de su cabellera al moverse con el viento... vi todo en primera fila, a pesar de que a nuestro alrededor había 70 mil personas.
Fui apretujada por las barreras humanas de contención y por la masa humana que debía ser contenida, fue casi un masaje! regalado por esa muñeca de cobre que unos hombres diminutos (a su lado) y coordinados hacían caminar y danzar y girar... mientras nosotros, los pequeños liliputienses la rodeàbamos, encantandos por este juego de correr con ella, de luchar por seguir a su lado...
Fue increíble a pesar de no tener mi cámara, pero lo habría sido más, si hubiera podido tomar esas fotos y compartirlas con todo el resto.
Fue triste descubrir que ningún fotógrafo subió las fotos que yo esperaba a los sitios web: todas las tomas son lejanas, sin el detalle... sigo buscando, y espero rescatar las pocas y de bajísima resolución que pude tomar con mi teléfono nokia de antiquísima generación.
Me di cuenta de que no sólo necesito estar y disfrutar de esta vida, sino que necesito registrarla. Quizá por eso un día decidí ser periodista. A pesar de que todavía no tengo claro de qué manera quiero plasmar estas ideas mútiples y en forma de caleidoscopio que nos regala la vida.
Por el momento tengo algunas pistas. Espero seguirlas, a pesar de que muchas veces he tenido que tomar otros caminos, que irremediablemente me traen de vuelta a este mismo, a este en que estoy, en el que ahora escribo, y del que ahora escribo.
Dos videos recomendables, para los que no imaginan cómo fue estar presenciando este espectáculo, en la Alameda, frente al Palacio de la Moneda:

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